Al volver la cabeza sobre el lado derecho para dormir el último, breve y delgado sueño de la mañana, Don Fulgencio tuvo que hacer un gran esfuerzo y empitonó la almohada. Abrió los ojos. Lo que hasta entonces fue una blanda sospecha, se volvió certeza puntiaguda. Esta noche iba a morir.
De repente sintió como se elevaba, volteó y se vio acostado en la cama con la mirada perdida. Todo se volvió oscuro y en esta oscuridad tan profunda en la cual se encontraba escuchó una voz que dulcemente decía “Fulgencito, vente a comer”. En ese momento un resplandor que casi lo dejaba ciego lo envolvió.
Vio a un niño a lo lejos que guardaba apresuradamente en sus bolsillos un centenar de canicas. Le tomó unos instantes darse cuenta de que aquel niño que veía a lo lejos, guardando apurado las canicas que eran demasiadas que se desbordaban de sus bolsillos , mientras su madre le hablaba para que fuera a comer era él.
Mientras se miraba empezó a recordar que ese día , en el que él tenía diez años , fue el primer momento en su vida que sintió lo que era la felicidad. Sintió que los ojos se le llenaban de lagrimas , le palpitaba el corazón de una forma impresionante; volvió a sentirse niño y volvió a sentir el orgullo y la alegría que le producía en esos momentos el haber ganado el torneo de canicas de la cuadra.
Caminó hacia la voz que llamaba a Fulgencito quería ver a su madre, que murió cuando él era todavía muy joven. Quería recordarla, ver su rostro que ya había olvidado con el paso de los años. Cada vez se sentía más cerca de ella, caminaba más rápido, la quería alcanzar. Cuando pudo ver por primera vez en tantos años sus ojos almendrados, su cabello negro, sus brazos que lo llamaban a abrazarla parecía que el tiempo no pasaba, que la belleza de su madre era eterna. Se quedo hipnotizado nunca en su vida la había recordado tan bella como en ese preciso momento, en cual se entrego completamente al deseo de sentir el afecto maternal y se lanzo a sus brazos.
Oscuridad total. Don Fulgencio flotaba de nuevo en el mar negro, confundido y enojado lloraba. No entendía porque le habían arrebatado ese momento. De nuevo la luz fulminante se apoderó del lugar, ahora se encontraba en una habitación en la cual la luz era tenue. Había una cama en el centro de la habitación, pudo ver como acostados se encontraban un hombre y una mujer, abrazados, desnudos.
La mujer se levanto, estaba paseándose por el cuarto, la vio de frente, se le cortó la respiración. Era una ninfa, algo tan hermoso que no le parecía real. No quiso pronunciar su nombre, tenía miedo de que al hacer esto le arrebataran de nuevo este momento tan sutil, tan suyo. Se reconoció de inmediato acostado en la cama, exhausto de hacerle el amor a este sueño, a esta ninfa. Asimiló el recuerdo, el tenía veinte años, ella dieciocho.
La ninfa regresó a la cama, seguían abrazados disfrutando ese momento. Don Fulgencio se empapo del amor que la escena emitía, lo disfrutó; se enamoró de nuevo. Recordó su olor, su sabor y se percato del porqué estaba recordando ese momento en especial, recordó que entre las sabanas no habían solo dos personas, sino tres.
Los veía con atención mientras ellos hacían sus planes, una larga vida juntos. Viviendo, comiendo, durmiendo y sintiendo amor todos los días.
Don Fulgencio reía y lloraba, pensaba como la vida había cambiado tanto. Veía a su familia o al sueño de esta hermosa familia que nunca llego a formarse completamente. Cayó de rodillas al suelo, deshecho.
Oscuridad total de nuevo. Ya no sabía si iba a resistir otro recuerdo más. Todo esto lo había encerrado en lo más recóndito de su inconciente, ya no recordaba el dolor que le causaba dejarlo salir.
Seguía navegando en el mar negro que lo transportaba a sus recuerdos, de nuevo la luz fulminante, Don Fulgencio tenía los ojos cerrados, tenía miedo de lo que iba a ver, su corazón ya no soportaba más. Por fin tuvo el valor de abrirlos, ahora se encontraba en un parque, esperando en una banca. Cuando se vio noto que ya tenía unos cincuenta años. Llegó un joven muchacho a sentarse junto a él, estaba serio, abrió la boca solo para decir de modo rudo y seco “¿qué me tienes que decir?”. Él contestó nervioso que quería explicarle lo que había pasado, en ese momento entendió lo que estaba recordando. Su corazón se debilitó tanto que parecía que iba a desinflarse como un globo.
“Yo no quiero saber nada de ti, nunca te he interesado. O ¿Acaso te llegó un repentino golpe de conciencia?”. Las palabras de su hijo lo perforaban como navajas hirviendo y en ese momento preciso se dio cuenta de que lo hecho, hecho esta. Por su cobardía había perdido una buena vida y ahora a horas de su muerte se estaba dando cuenta.
“Que irónica es la vida” pensó riendo amargamente mientras la oscuridad lo envolvía y lo transportaba de vuelta a su cama.
No podía creer que su vida había pasado enfrente de sus ojos de una forma tan cruel. Que había desperdiciado oportunidades, amores y experiencias, estaba sumergido en una depresión total. Quería regresar al momento en el que ganó el torneo de canicas, quería ser inocente y ser feliz al lado de su madre. Quería tener diez años de nuevo.
Don Fulgencio derrotado por sus malas elecciones se dio la vuelta en la cama, se encontraba en posición fetal y se dispuso a esperar a la muerte que pronto habría de llegar.
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lindos cuentos del pasado para cuando no se tiene nada interesante que comentar
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